¿Contrataría usted a su hijo para hacer ese trabajo?
Si preguntamos a cualquier directivo de cualquier organización cómo debe ser el empleado ideal, seguramente nos dirá que debe trabajar en el día a día "como si la empresa fuera suya". Esta afirmación presupone un grado de compromiso muy alto. Son muy pocos los trabajadores que asumen ese grado de dedicación. La mayoría hacen las cosas lo mejor que pueden y saben pero en determinados aspectos entienden que su grado de implicación debe ser menor que el de sus superiores. El problema es que, en ocasiones, damos por supuesto que el compromiso es gratis. Queremos pensar que el empleado lo lleva en su ADN, por lo que le hacemos responsable de la falta del mismo. La realidad es bien distinta: el compromiso es caro. Supone reciprocidad, es decir, el empleado se compromete con la empresa cuando siente que ésta también está comprometida con él. En cuanto perciba que da más de lo que recibe, empezará el desencanto. ¿Somos realmente capaces de comprometernos con nuestra gen...