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lunes, 30 de diciembre de 2013

Pongamos el organigrama patas arriba

Hay dos premisas básicas con las que se identifican o querrían identificarse una gran mayoría de empresas:
  • Nuestros trabajadores son nuestro principal activo.
  • El cliente es lo primero.
Por otro lado, analizando el organigrama tipo de estas empresas, nos encontraremos con una estructura más o menos piramidal, con la dirección general en la parte superior y una serie de mandos intermedios sobre los trabajadores que realizan la tarea.

En definitiva, el poder de decisión se refleja de forma vertical, siendo la parte superior la que tiene la capacidad de decisión y la parte inferior la que menos poder tiene. Además, tendemos a creer que los puestos superiores en el organigrama son más importantes que los inferiores. No en vano, cobran bastante más.

La gran contradicción del organigrama estándar es la siguiente: Si nuestro cliente es la razón de ser de nuestra empresa, ¿cómo explicamos que las personas que más contacto tienen con el cliente se encuentren en la parte inferior del organigrama? Por ejemplo, en una empresa que se dedique a vender un determinado producto, el director general apenas hablará con el cliente. En cambio, los comerciales tendrán un contacto continuado con él y la gente de producción elaborará el producto que finalmente sea consumido y valorado por quién lo compra. ¿No es normal pensar que los puestos más importantes son los inferiores?

Evidentemente, toda empresa necesita personas que tomen decisiones estratégicas, pero ¿qué pasaría si le damos la vuelta al organigrama y colocamos a los vendedores y a los operarios de producción en la parte superior?
Asumir que los empleados de base son la parte fundamental del negocio, supone admitir que la Dirección y los mandos directivos deben a su servicio y no al revés. Es decir, la Dirección debe situarse al servicio del cliente y para ello debe prestar servicio a las personas que le atienden. Si se toman decisiones sin contar con la base, corremos el riesgo de no ir en línea de dar un mejor servicio a quien compra nuestro producto. 

En definitiva, se trata de servir a la organización para liderarla y no de liderarla para que nos sirvan.


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